Miércoles, siempre en miércoles, miércoles por medio eso si, temprano se levantaba mi viejita a hacer sus dichosas pantrucas, me encantaban, he comido ese plato en distintos lugares, pero nunca fueron como las de mi “güeli”, tiene que haber sido el ingrediente secreto, cada plato tenía el suyo, curiosamente soy la única que tiene la mayoría de los “secretos”, no todos, ella era muy celosa de sus técnicas culinarias, pero me amaba tanto que me permitía entrar a su dominio y mirar, si, mirar, nunca me dejaba tomar algún utensilio, lavar algún traste o deshojar alguna verdura.
Era lindo verla picar la cebolla, la pelaba, la lavaba con prolijidad, la picaba sin llanto... las zanahorias, un lujo, las pelaba con tal delicadeza, que se podía ver a través de la cáscara, siempre ajo, nunca faltaba el ajo y el “ají e'color” y el ingrediente secreto que le daba el sazón.
Lo que más me gustaba, era verla hacer las pantrucas, ritualmente tomaba la harina, le agregaba la cantidad justa de agua tibia y sal... como por arte de magia, una masa blanca, flexible, que reposaba bajo un paño blanca partida en 5 trozos iguales mientras ella se lavaba las manos, limpiaba el mesón y agregaba el hueso al caldo “El apio niña, pásame el apio, que siempre se me olvida”, era la frase habitual al cocinar, a todo le ponía apio “para que no prenda” me decía.
Cuando ella cocinaba, la casa cambiaba de color, ella era una maga en la cocina, todo perfectamente medido (práctica que no aprendí), todo se llenaba de aromas, el romero, orégano y la albahaca, la canela y vainilla, sin duda el cilantro con el perejil, punto colorido de toda buena ensalada y “monte” de todo caldo o cazuela.
Estiraba la masa con la delicadeza del artista, delicadamente hacía que los blancos bollos de masa, se convirtieran el delgadas láminas que ponía a secar mientras cortaba la carne en regulares trozos, los volvía a poner al fuego y esperaba que lo que hervía en la olla estuviera a punto.
Con los vapores no peleaba, los rescataba, “por el olor se sabe cuando está listo” me decía, entonces se colgaba las largas tiras de masa ya seca, en el brazo izquierdo, que previamente cubría con el mismo paño que usó para tapar los bollos y entonces, una a una, arrojaba pequeños trozos de masa a la olla, uno a uno, sin parar mas que fuera para dar un "revoltón" a la cocido.
Cuando todos estaban dentro de la olla, ella la tapaba sólo hasta la mitad, dándole los minutos exactos, que contaba por olor, no por reloj, mientras en un plato con una cucharada de agua caliente, quebraba dos huevos y los revolvía “así no se cortan” decía ella, ella siempre hablaba a su comida, el olor anunciaba la caída del huevo, un minuto exacto, lo sabía por que era lo que tardaba en rezar un padrenuestro, era el tiempo restante de la preparación.
Con el tiempo, mi “güeli”, tuvo que alejarse de la cocina, la edad y miles de enfermedades en pasado y presente, no le permitían reinar, entonces en dolorosa renuncia, cedió el reino a mi madre.
Mi madre nunca pudo hacer la comida como “güeli”, por más que midiera, pesara, y tomara el tiempo igual que lo hiciera en otrora la antigua reina, no quedaba igual, faltaba ese ingrediente que tenía prohibido revelar.
A diferencia de mi “güeli”, mi má si me dejaba ayudar, así desarrollé mi gusto por los cuchillos, ollas y sartenes, poco a poco y con los años, má fue permitiéndome intervenir más en la cocina hasta que esporádicamente me permitía prepararla toda, eso ya bastante grande. Algo hay que dejar en claro, los dulces y postres eran mi territorio, mà y "güeli" nunca opinaro, mi otra abuela me heredó esa gracia de reinar en chocolates y azúcares.
Pasó mucho tiempo desde que mi “güeli” dejó de cocinar para volver a comer pantrucas en casa, mi madre no sabía prepararlas, y cuando compraba de esas que vienen listas en una bolsa, la huelga era general y nadie la comía de buena gana, para ahorrarse las molestias, simplemente no las preparaba, lo que para ella no era tan terrible, porque no le gustaban nada. Yo aprendí a hacerlas, siempre bajo las respuestas a mis miles de preguntas con las que interrumpía el descanso de “güelita”, quedaba bien, todos comían con agrado, pero no eran igual, nunca estaban igual, mi padre muy fanático de este plato, me alentaba, siempre una ovación, se repetía hasta tres veces el almuerzo, pero bien sabía yo, que no eran igual.
Yo extrañaba mucho ésta comida, especialmente cuando “gueli” se marchó, desde que ella ya no estaba, no habíamos comido pantrucas, dolía comer cualquier cosa que "güelita" cocinara mejor.
Una mañana, cosa extraña en mi, salí temprano de mi cama a comprar los ingredientes necesarios para las “Pantrucas”, necesitaba algo que me acercara a ella, lo que fuera, ya dormir en la que fuera su cama, oler su mañanita, mirar su última fotografía, no era suficiente.
Pensando en cada movimiento que ella realizara, bajo la mirada atenta de mi hijo mayor, pelé cuidadosamente zanahorias, ajos y cebollas, herví el agua y la carne, yo de medidas no entiendo, a si que por memoria puse harina en un cuenco (el mismo que usaba “güeli”), agua tibia, sal y el ingrediente secreto. “Esto es entre tu y yo” le advertí al pequeño que estoy más que segura que no sabía de que hablaba, dividí en 5 trozos la masa, no por que mi “güeli” lo hiciera, sólo que no me gustan los números par, y lo cubrí con un paño, mientras lavaba mis manos, limpiaba el mesón y agregaba el hueso al caldo “páseme el apio hijo que se me está olvidando” le dije a mi hijo y emocionada no pude evitar sonreír.
Tomé el uslero y estiré la masa con la misma calma que observé en ella y mientras picaba la carne en regulares trozos, puse a mi niño a desojar el cilantro y el perejil, este caldo no puede ir sin el “monte”.
Traté de cortar con los dedos la masa, tal como lo hacía mi abuela, pero eso no se me dio, era su don no el mío, no podía hacerlo, así que con a rapidez que pude, corté con un cuchillo en trozos regulares las láminas y las puse en un plato, de a una las fui tirando a la olla, una por una, deteniéndome sólo a revolver de vez en cuando. Al terminar tapé la olla y en un plato con una cucharada de agua hirviendo, quebré dos huevos y los batí “¿para qué le pusiste agua al plato?” pregunto mi hijo “para que no se corte”, le respondí, “¿qué es cortar?”, volvía a preguntar mi hijo “no sé, la güeli Elsa lo hacía, así tendrá que ser” le respondí, lo agregué revolviéndolo con el padrenuestro y apagué la olla.
Ese día almorzamos todos juntos, algo que hacía falta desde que mi “güeli” no estaba, mi hermano había regresado a casa así que otra vez estábamos todos en la mesa, cuando le puse el plato a mi padre el estaba muy contento y nos pusimos a comer, “están iguales a las de mi vieja”, dijo sorprendido, me causo gracia y lo contesté “gracias por el piropo”, nadie dijo más nada, comimos en silencio.
Ese miércoles, estuvimos todos a la mesa, incluso mi abuela, estoy segura que “güeli” Elsa, estaba ahí, servida en nuestros platos.
(Pedro, disfrútalo, te lo dedico, gracias por toda la ayuda)