
De los primeros refranes que aprendí, era
“No todo lo que brilla es oro”, si bien tuve que comprobar por mi misma la veracidad de éste, me costó mucho menos tiempo que otros.
Ejemplos, claros hay muchos, creo que cualquier mortal pensante encontrará en su archivo cerebral un ejemplo, yo hoy les daré uno, pobre de ella, tengo que admitir que es parte de mi familia, lejana, pero familia al fin.
Es ella una mujer hermosa, con una figura que cualquier quinceañera la quisiera, un cabello que brilla al sol tal cual lo hace el cabello de una mujer de aviso comercial en televisión, salir con ella es una gracia, por dos razones, una, que si no te duermes esperando que se aliste para salir es un milagro y la segunda, es que nunca te faltará con quien bailar u beber una copa, siempre habrá más de un moscardón tratando de “anotarse un poroto” con esta “chiquilla”.
Toda ésta introducción por una sencilla causa, el que usted lector, comprenda dónde aprendí la verdad suprema del refrán de mi abuelita.
Una de esas noches en que salimos a bailar, me quedé en su casa a pasar la noche... descubrí entonces dónde radicaba la belleza de mi tía, cuando al desvestirse comenzó a salir una suerte de artilugios femeninos, en cantidad tal que un mago sentiría envidia. Lo primero, se bajó de los zapatos, digo se bajó, por que creo que eran como de un piso de alto, ella era más baja que yo, quien lo hubiera pensado... Al sacarse la ropa, debo mencionar que era un trajecito bastante sobrio, femenino y a su vez provocador, descubrí que las nalgas de mi tía se quedaban pegadas a los calzones, los sujetadores hacían magia de una manera increíble, por que ella tenía tantos copa como yo a los 13 (lo que asemeja a nada) y su cintura... ¿han visto esas películas antiguas dónde las damas se agarraban de uno de los doseles y las nanas le amarraban a fuerza de pie un corpiño?, bien, la misma cosa, pero moderno, o sea, se lo ponía sola.
Para contarles más, les diré que descubrí también por que tardaba tanto en “arreglarse”, sacaba capa tras capa de pintura (eso no podía llamarse maquillaje), dejaba aun lado sus pestañas postizas, los lentes de contacto (sin ellos no se veía ni ella) y luego se ponía una crema para los ojos, otra para la frente y otra quien sabe para que, por que por el cansancio me quedé dormida.
A la mañana siguiente, descubrí que el brillo de su pelo era otorgado por una crema milagrosa que había en el baño, que usaba también uñas postizas y que, además, no tenía 35 años como decía, tenia algunos más, varios más... pobres tipos... En definitiva, no todo lo que brilla es oro, ni mi tía es tan joven como aparenta.
Mi Güeli me enseñó muchas cosas, pero lo mejor de todo, es que me dejaba aprender de la experiencia, ella soltaba un refrán como ese y me ponía a pensar. Siempre, en pocas letras, me daba las respuestas más sabias a las más extrañas preguntas.
No siempre podré contar historias relacionadas del todo con ella, pero todo lo que escriba, es parte importante de su sabiduría.